El monstruo vuelve a aparecer y la espada de Damocles yergue atada sobre mi para recordarme el fatuo y vanidoso momento que es la existencia.
De nuevo el moustro silenciosamente trepa, crece, se expande y descontrola corrompiendo y corroiendo la carne que regurgita a su paso.
El mounstro crece de la mentira que me rodea, del indómito pero atrayente ambiente que cirncusncribe a la realidad y del decaimiento de la esperanza de lo que podria ser y de lo que debe ser.
Enfrentarme al mounstruo es enfrentarme a mi mismo y reconocer ya lo irreconocible dentro y fuera de mi, buscando las similitudes, las coincidencias y las congruencias. Mirarme a mi mismo en el espejo deforme de la realidad de la noche y saber que yo estoy aquí y no otro. Que la pelea es conmigo y no con nadie más y que la escaramuza, las batallas y la guerra van a pasar, quedando el vencedor -siempre yo- como evidencia.
Atte.,
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