Los relojes se vuelven blandos, el tiempo se vuelve fluido y en vez de recordar con exactitud los eventos -como algunos ingenuos esperarían-, todo se mezcla increiblemente: las emociones, las imágenes, los miedos, los olores, las risas e incluso los recuerdos de los recuerdos.
En todo ese proceso en el cual explotó sin avisar mi cabeza, me encuentro sumido hasta el fondo, sin comprender por qué ni en qué momento ni muchos menos identificar las consecuencias -las catástrofes- de lo que sucederá luego de que la mariposa con su aleteo produzca su efecto al otro lado del mundo, al final del cosmos y de vuelta.
Ya con todos mis hijos regados en el Guaire, esta noche, más calmado, decidí acudir a mi mismo nuevamente para luchar contra mí mismo. Son dos titanes pequeños en tamaño y grandes en problemas que sólo piensan -pensamos- en hundir en la roca la cabeza y taladrarla para no poder pensar.
Pero allí siguen los blandos relojes, los blandos momentos, la oscuridad del gemido, el placer momentáneo, el cansancio estereotipado que sigue al coito pero sin el estúpido cigarrillo, sino con la sonrisa del placer casi infantil.
Aún así, el ciclo se repite de una nueva manera, renovado, interesante, efectivo al menos en su objetivo de encender hogueras que a la vez son quimeras de lo que sólo en la mente perdura.
Atte.,