¿Es posible que sea yo tan ingenuo como para creer que
mágicamente puedo ser feliz en un instante?
Comenzaré por decir que estoy escribiendo esto porque sé que
sólo yo puedo leerlo y entender mejor de qué se trata. Es improbable que
alguien lo lea en primer lugar, pero de hacerlo tampoco lo entendería. Es
factible se identifique consigo mismo y de allí saque conclusiones pero no que
pueda leer lo que me escribo de la forma que yo lo siento y lo leo.
Incluso como hay notas escondidas detrás de las notas, es
posible que se pierdan éstas y por ende yo mismo con el tiempo no sepa de qué
demonios estoy hablando (escribiendo quiero decir).
Todo esto comenzó en diciembre por culpa de esas cosas
que te encuentras sin esperarlas, sin buscarlas o sin desearlas siquiera. Y qué
fue lo que encontré, pues que amar es minúsculo, que a veces hay cosas más
grandes. Que el capricho también puede ser amor, pero que a veces es más
relevante cuidar a alguien y que te cuide y quererla por lo que es y no jugar
al amor por jugar.
Sé que no se entiende muy bien, porque sigo pensando por
momentos que de repente la varita mágica de la felicidad y el éxtasis caerán
sobre mi pero nada es así, es una lucha continua por ser mejor y sentirse
mejor. Por aprender a aceptar los cambios o las verdades y poder con ellas ir
hacia adelante.
Ya está bueno que las lágrimas se pierdan en la lluvia y la
tristeza permanezca y sin importar cuán fuerte sea el viento, la arena vuelve a
caer y sigue formando parte del desierto.
De todas maneras, luego de esa revelación todo ha estado de
cabeza para mí. Resulta que al final no me conozco y no sé qué busco ni qué
quiero. Resuenan en mi cabeza dos preguntas cuyo origen es mucho más limitado que todo lo que he escrito: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? Pues soy y seré lo que
quiero ser, pero primero debo saber qué es y quién es eso que quiero ser y he
allí el dilema.
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