Es increible lo mal que nos podemos llegar
a sentir cuando una decisión correcta se convierte de una manera directa en la inapropiada para los demás.
Hacer el mal es algo inherentemente absurdo en mi naturaleza, sin embargo, a priori y con el tiempo descubrí (descubrimos) que el veneno no siempre se exhala porque estuvo dentro sino porque los cambios a nuestro alrededor o bien dentro de nosotros o de los demás hacen que lo que era beneficioso, bueno, benigno; sea ahora terrible, espeso, obscuro y parezca una ponzoña intensamente corrosiva.
Aún así, cuando la densidad no es la misma entre cualquier grupo de sustancias es necesario tomar parte activa y o bien esperar se separen de manera natural o bien acelerar el proceso con los catalizadores físicos o químicos necesarios.
Esta clase mal lograda de química no expresa el torbellino de problemas que he vivido tratando de comprender el proceso y analizarlo mientras soy partícipe del mismo. Es una terrible y profunda sensación de tristeza que invade cada célular y te impulsa a las peores imágenes de ti mismo.
Y luego, aún mientras tamizamos esta parte obscura, toda se concentra de maneras no controladas y algunas se mantienen mezcladas sin explicación, logrando los efectos más inesperados; terribles, intensos y a veces lejanos.
Al final, uno (yo) espera que todo pase, se separe y mantenga su equilibrio pero el proceso es dolorosamente extenso y complicado.
Deseo realmente que todo llegue a su curso, se calme el rio, abunde el agua pero no sobrepase nuestra propia capacidad de controlar el proceso y si lo hace, podamos rápidamente recojer, reaprender y continuar.
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