Cada vez que la frecuencia de la rutina me obliga y debo llegar hasta allá, el miedo como primera emoción llega directamente a recordarme el riesgo de lo no posible.
Sabiendo estoy a pocos metros mi imaginación se despega y vuela a toda velocidad a objetivos desconocidos por los demás pero plácidamente reconocidos por mí. Todo esto por dentro: con pupilas dilatadas, respiración entrecortada y un aumento súbito de los latidos -que se sienten fuertes debajo de toda esa ropa-. Mientras que para el resto -hacia fuera- una cálida y actuada sonrisa surge.
Un paso adelante y cruzo el límite que me separa de toda esta tortura. Las imágenes se superponen cuadro a cuadro y no sé si estoy viendo el mundo real, mi imaginación o la combinación de ambas en cámara rápida y al ritmo acelerado de mi paso.
Busco una excusa para que sean más lentas y no la encuentro, sin embargo, vuelvo a dar otro paso y otro universo se abre nueva y exclusivamente para mí. Me doy cuenta que estoy perdiendo mi compostura y que se trasluce la realidad de mi interior, así que respiro nuevamente honda y profundamente, pongo aspecto de plácidez natural y doy el siguiente paso...
Ya no queda más remedio, debo pasar a prisa todo este torrente de provocaciones, este reino de la irrealidad y los deseos escondidos, debo salir de prisa de esta pista de obstáculos y buscar llegar a puerto seguro en pocos instantes.
Corro entonces (siempre por dentro, por fuera: una máscara de tranquilidad) hacia el final del túnel, buscando o bien la luz o la obscuridad y finalmente penetro en ella (hoy fue luz) a esconderme de todo esto y de los demás.
Ya solo me doy cuenta que había aguantado la respiración y que me estoy ahogando; como si estuviera nadando bajo el agua, por lo que boto todo el aire que queda en mis pulmones violentamente. ¡Respiro! Suave, profunda, tranquilamente; dejo a mi mente recordar y repasar la experiencia por unos instantes y me presto para enfrentarme -ahora si- a la rutina que me llevará al trabajo y a la cuasi vida de mi oficina.
Atte.,
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